Esta es mi parte favorita de la oración. Recuerda Jonás 2:9: “Pagaré lo que prometí”. Jonás termina de orar comprometiéndose a hacer algo. No le echa la responsabilidad a Dios esperando una respuesta. Me preocupan los cristianos que dicen que siendo imposible vivir de acuerdo con la ley, debemos orar con estas palabras: “Dios, no soy nada, no puedo hacer nada, así que te pido que actúes tú”. En ciertas ocasiones, es necesario que oremos reconociendo nuestra culpa, debilidad e ignorancia; pero a menudo ese tipo de oración es sólo una excusa, ya que esperamos con los brazos cruzados a que Dios actúe, sacándonos del apuro. Decimos: “Dios, ya oré y todo depende de ti; sabes dónde encontrarme; amén”.
Jonás está dando pasos concretos para cambiar de rumbo: “Señor, sé lo que soy y lo que quiero ser. Estoy dando el primer paso en esa dirección”. No son pasos simbólicos para asegurarse una respuesta a su oración; son cambios fundamentales de pensamiento que se traducen en acciones transformadas. ¡Ese es uno de los efectos más poderosos de la oración!
Jonás, el hijo de Amitai, rebelde, confuso y atemorizado, ahora se siente decidido e intrépido, ¡aunque todavía está en el vientre del pez! George Meredith ya lo dijo en el siglo XIX: “El que termina de orar siendo una persona mejor ya recibió la respuesta a su plegaria”.